Jonatán Fernández Sanz - Guía del Cielo Estrellado

Eclipses

Cualquier excusa es buena para juntarse. En este caso, el eclipse de luna más largo del siglo ha significado una oportunidad para mirar al cielo de la mano del guía de estrellas más mágico del universo.

Amigos y familia llegaron con viandas, sonrisas y curiosidad.

Entendimos cómo la tierra provocaba la penumbra y la ocultación total de la luna. Venus, Jùpiter, Saturno, Marte. Todos fueron apareciendo robándole protonismo al personaje principal de la noche, La Luna de Sangre. Roja, escondida por la sombra de de La Tierra, camuflada por la niebla del horizonte. No la vismo salir, sino que especulamos con un hipotético retraso en su aparición, incluso llegamos a pensar que le daba vergüenza salir de tanta gente como la esperaba. Pero nada, fue discreta, y no se hizo notar hasta bien entrada la noche.

La sombra fue dejando paso a la luz. La Luna de Sangre se fue tornando blanca y empezó a dibujar las sombras de las encinas en el suelo.

A la mañana siguiente, el desayuno se alargó hasta la merienda, siesta, terraceo. ¡Madre mía que ganas tenía de un día así! Gracias por vuestra visita y vuestra energía.

¡En breve nos ponemos en marcha con los nuevos planes! … Baño seco, gallinero, piscina.

Jeje.

 

 

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Pasamos lista… ¡cuántas plantas!

Se cuentan 21 pilistras. Eran de mi abuela, de la Isabel Albarrán, de la Tere Guisado, de la Juani la del Ayuntamiento, de la Puri la madre de Gema, de la Tomasa la madre de Esmeralda, y de alguna más que se me escape. Hace algunas semanas las partí, por eso hay más. Con ellas se encuentra una Aureola que da gloria.

Ya pasó el atardecer, el zumbido de los escarabajos -que solo pueden escuchar quienes duermen bajo las encinas- acompaña a los grillos, que cantan mientras los colores se convierten en sombras.

Hay muchas otras plantas. Si empezamos el paseo desde el este, con intención de girar al sur, justo por la entrada, ahí crecen dos parras, una blanca y otra negra, de Almendralejo las trajimos, cerca crece el romero y y escondido entre las pideras, un tomillo, el más discreto y auténtico. Cerca se erige el Algarrobo, con hojas brillosas y tronco flexible, crece lento. Algunas de las Aloes de Lola han sobrevivido al invierno y recuperan su verde y su salud con el sol y el calor.

Ayer fue San Isidro. El campo está repleto de flores blancas, amarillas y lilas. Las salvajes, las más locas, las más valientes. Se ve que las que están dentro del recinto están fasciacionadas, sí sí, fasciacionadas, de fasciación, que les pasa a las plantas cuando están agusto, búscalo verás qué curioso. Cómo me gusta que estén así de fasciacionadas. Una de las más fasciacionadas está a lado del Algarrobo -otra, la más flipada de todas, está junto a Víctor, el Fresno, más al noreste, luego vamos a verla-.

Segimos hacia el sur, por ahí por donde ahora cuesta andar debido a la altura de la hierba, verde, fresca, con más de un metro de altura. Ahí escondido hay un maravilloso Alcornoque, el que mejor está tirando de todos los que hemos sembrado hasta ahora -unos 100-, junto a él, una retama y un espino albar. Un trío de escándalo. Un poco más allá el Almendro, el que veo desde mi ventana cuando me despierto por la mañana, que si el año pasado estuvo pachucho, este año ha dicho “¡aquí estoy yo!”, da gusto verlo. Y aquella Adelfa que nació espontánea a los pies del Almendro, que por cierto tiene almendras, ahí sigue, feliz ella, tirando parriba, muy cerca hay una aloe que trata de adaptarse a un inesperado macetero de corcho, más romero, más tomillo, este con un intenso olor a limón, y otras dos aromáticas que no sé cómo se llaman -no saben ellas cuánto lo siento-.

Vamos a salir de aquí para no dejarnos atrás el porche, cuidado que no pisemos a la hija del sol, que va cogiendo fueza, y el limonero, que desde que llegó hace unas semanas ha pegado un remiendo de miedo.

En el porche cuelga una petunia con flores de terciopelo lila, lila oscuro, y en el suelo una gitanilla a punto de florecer, sana como una pera. Pegada a la pered, la Parra Virgen trata de agarrarse al muro para asegurar su escalada hacia el emparrao, a su lado, una tímida Gardenia que parece que no acaba de decidirse y un rosal, bueno dos, uno de Ángel y el otro de Adrián, uno joven y lozano y el otro tratando de echar raíz.

Ya apareció Júpiter.

Voy a ver qué hay al lado de los rosales, que no me acuerdo… Otra gitanilla, también a punto de caramelo. ¿De qué color serán las flores? La acompaña un almendrito que ha nacido hace unos días donde se suponía que rebrotaría el Colio, nada, los que salen por los que entran. Pobre Colio. El invierno ha hecho estragos. En el pollete de la ventana, una cinta y un helecho chiquino lucen felices. En el pedestal de forja verde, una Petunia Blanca como una novia crece y florece sin cesar, grandes y delicadas flores inmaculadas. Enfrente, a ras del suelo, con un plato de la Catalina debajo, una Petunia Granaína, también lila, pero más clarito, trata de acomodarse con la Manola Blanca en un macetero mu lindo que me regaló mi tía María Jesús.

Otro pedestal, con tres macetas, la de arriba un Alelí, a media altura unos que parecen claveles, yo les digo Micrófonos y son amarillos. y más abajo comparten macetero algunas de aquellas plantas mágicas que vinieron de Trujillo, un geranio como ajilargao de flores blancas y rosas que huele a limón y una de esas que son como flores con hojas de cactus, sin pinchos, que echan flores amarillinas. Al lado de este pedestal está la estantería…

Con plantas pequeñas que crecen en un espacio privlegiado, con todos los cuidados del mundo. Aloes, cintas, hierbabuena, romero, manolas, gitanillas, begoñas, las del dinero, encinas, palmeras, y vete tú a saber qué mas sorpresas tiene por ahí escondidas Jonatán.

En la pared y en la ventana, más cintas, un helecho chiquinino, y en el suelo un ficus y un poto que no tienen pinta de haber superado el invierno… qué penilla. En la orilla la Manola Fucsia, recién llegada de an cá la Puri y otra de la Ascensión -ambas de vecinas de la Calle Santa María-. Luego está el Arce, que el pobre lleva roando unos días, y hoy lo he transplantado a un macetero más aparente. Ese, por lo visto, igual que la Parra Virgen, cuando llega el otroño, se le ponen las hojas rojas.

Al pie del siguiente poste está el Palmito, con el Geranio Rosa y la Gitanilla de la Antonia. En la pared, helechos de la Juliana y una planta que llevaba tiempo diciendo que quería tirar y que está tirando estupendamente, verás tú cuando le salgan las florecinas esas menúas que echa.

Vamos de poste a pared y de pared a poste. En el siguiente poste, la Luciana a punto de florecer tras una larga crisis, el Geranio Rojo a tope y la Yuca, con un cactus que parece un brujo y alguna aromática pero mu endeblina, parece hierbabuena. En la pared, el ficus de la María la Boyera, que ese sí que ha superado el invierno, igual que la Manola Chica que crece al pie del poste y que hoy le he quitado por lo menos 10 flores para que siga creciendo otro poquito, es mu chica todavía! Volvemos a la pared, en la ventana, y dos maceteros amarillos contienen sendas plantas colgantes. Una del huerto de Adrián y la otra del macetero donde estaba el Palmito, que lo transplanté el otro día para dale más espacio a él y al rosal pequeño que decía antes, que vinieron juntos desde Trujillo.

Y por último, en el proche, ya al sureste, un Ficus nuevo, de la Puri y la planta de la Antonia que tuvimos en el piso, que si no toca nada, crece ella más agusto y más espléndida, así que ahí está, a sus anchas.

Al sur del porche, si volvemos al Limonero, veremos cómo Sebastián, el Moral, crece descontrolado. El tronco ya va con ella, y las moras también. Una mijina más atrás y más al este, se esconden de mi padre Sara la Jara, la Mora y la Jaguarza, que parece que es más hembra que macho. Denostadas todas ellas, propias de aquí, esas si que saben cómo funciona el campo, no mi padre…

Si seguimos por la valla, encontramos 2 Naranjos y un Ciruelo tratando de acomodarse a su nuevo hogar.

Y al norte, imponente, majestuosa, la Madre del Chozo, la encina de la sombra más cotizada, la que nos abraza con sus raíces.

Por el porche, una vez pasados todos los trastes: depósito de cenizas, leña, puertas, ventanas y batientes de la Catalina, muebles y baldosines, los de aquella casa de Orellana la Vieja, llegamos a la puerta del norte, la pequeñita, con una cortina preciosa, también de la Catalina, y ahí nos reciben las pilistras, la Tomasa y la Juani siguen como el primer día, esas no las he partido. Dentro del chozo, se reparten el resto, buscando el fresquito y la sombrita de la estancia.

Al lado del fregadero, ya en el porche, crecen Papá y Mamá Kiwi. Más allá, dirección al San Pedro, un Laurel, un pimiento y un melón. Las plantas de la Ascensión crecen en su sitio original, ahí está el tronco principal de donde han ido saliendo tantas otras. Hoy he visto que aquella chiquinina que se arrastraba y echaba flores fucsias sigue viva, a ver si se anima, dice Joni que se llama Misino Gatino.

Si vamos en el sentido de las agujas del reloj, partiendo del Jazmín Amarillo y del Laurel, tenemos, a un lado y a otro de curso del agua, Tomates, Albahaca, Pimientos, Rúcula, Hierba Luisa, Hierabuena, Menta, Presta, Cilantro, Incienso, Tomillo, Stevia, Perejil, Ruda, Salvia, Manzanilla, Berenjenas, Cantueso, Orégano, Valeriana y Víctor, un Fresno de 12 años que nació en San Martín de Valdeiglesias (Madrid), sobre las cenizas de Víctor abuelo y que Victor padre se trajo a Villanueva del Fresno con Víctor hijo, Víctor Fresno se hizo grande y decidió venirse la chozo. Ahí está el tío, detrás del horno, creciendo como una fiera. A sus piés, una pequeña charquita donde las cañas van apareciendo. En ese hueco tiene Jonatán un pequeño hospital con gitanillas, sardinas, bolas del mundo, cactus, almendros y otras plantas de esas que a él le gusta recuperar. La verdad es que están todas bastante bien.

Al este del horno, un arreate donde crecen sardinas, gitanillas, cactus y un montón de semillas que eché el otro día… a ver qué sale. Y justo al lado, en el macetero donde vino Víctor, emerge orgullosa el Ave del Paraíso, que creo que le ha molado el sitio.

La silencina está muy muy bien acompañada por el Galán de Noche y el Jazmín. Por su espalda, crecen sin descanso la Madreselva, las Jeringuillas, los Lilos y la Buganvilla Rosa que dábamos por muerta. También crece, pero este mucho más tímido, un Granado de Orellana. Por completar el porche, al otro lado de la puerta principal, la Buganvilla Naranja va acomodándose al muro para empezar a escalar hacia el emparrao donde un día se econtrará con la Parra Virgen.

Volvemos al este, a la entrada, y ahora cogemos dirección norte. La parra, no sé si blanca o negra, está acompañada de una retama negra, con tomillo en el tobillo, un espino blanco y una cornicabra. Más al norte otra cornicabra rodeada de alcornoques, una palmera y un acebuche joven y lozano. Seguimos con más retama negra, recién brotada, lavanda, otro Granado, que veremos a ver, y una Zarza Mora feliz como una Perdíz, acompañada de más romero, el Membrillo, el Mirto, el Limpatubos, el Manzano, el Arbusto de Elena, la Falsa Olivilla, el Melocotonero, el Peral y otro Equipo de Espino Albar, Retama y Alcornoque.

Las Coscojas de Orellana se están animado al lado de las Fresas, el otro Mirto, las Judías, los Girasoles y las Lechugas, junto con el Jazmín Amarillo y una encina chiquinina. Imagino que saldrá algún ajo de los muchos que sembramos al lado del otro Acebuche. Más espinos blancos, más retamas, madroños, encinas y un acebo nos llevan hasta el vivero de encinas y alcornoques, al norte del recinto, bajo la encina más coqueta y más estilizada del lugar. Ahí, bandejas forestales con bellotas germinadas se llenan de futuro para estas tierras. Además, también germinan nueces del Nogal de la Isabel la de la UPA. Los alcornoques este año son apostólicos.

Para cerrar el recorrido por la valla, pasamos del vivero y nos encontramos con un Nogal estupendo, un Laurel que vino con Víctor -trayectoria similar- y Sergio, el castaño que finalmente brotó.

El verano será muy entretenido!

Sobre padres e hijos

La obra de ayer en el Espacio Guindalera de Madrid, ‘Sobre padres e hijos’, me mantuvo abstaído durante la hora y cuarenta minutos que duró.

El choque generacional, el conflicto entre lo que somos y lo que queremos ser, el rechazo a las manías de madre y a las expectativas de padre, que no son sino rasgos de uno mismo que tan pronto detesta como defiende, luchas internas, contradicciones que atormentan a quien trata de definir su postura mediante la combinación del compromiso, -en mi caso- la ruptura política, el rechazo a la herencia recibida, la coherencia y la búsqueda de la justicia y la libertad, integrando en esa postura la amistad, el amor, el miedo, la familia y los valores.

Siempre quise presenciar una conversación entre una de esas madres de negocios con la espalda erguida y su heredero. Escuchar los argumentos que sostienen el status quo político, en el jardín de una casa burguesa, donde tío y madre viuda, defienden el respeto al legado recibido y alertan ante el peligro de destruir el bienestar alcanzado.

También me llamó siempre la atención el desarraigo de esas reinvidicaciones universitarias y urbanas para con sus orígenes. Sus propuestas rupturistas y su desapego con las comunidades rurales donde crecieron y donde se fecundaron esas ansias de libertad.

Tanto el desarraigo como la veneración a la herencia son elementos centrales de esta historia en construcción, que recrea escenas cotidianas en cualquier familia en la que madres e hijos, vecinas, tíos y sobrinos, traten de intercambiar su visión del mundo y sus fórmulas para dar respuesta a los desafíos de la sociedad.

En la obra, las flores, de desafortunado plástico, en un impecable escenario, son las que nos llevan del campo a la ciudad, de la sencillez a la opulencia, de la resignación a la soberbia, de una familia a otra. Y en este ir y venir, una elegante y delicada narradora acompaña al espectador en una reflexión permanente sobre este conflicto, el generacional, que persigue al ser humano desde los orígenes de la filosofía.

La seductora dama y su pasado, complementan una historia en la que, como dijo Segismundo: ‘todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende’.

http://www.madrid.org/surgemadrid/2018/padres.html

La antesala de la primavera

A punto de florecer, con ganas, con agua, con ilusión, verás tú cuando salga el sol.

Pide un deseo, Catalina

La abuela Catalina llega al chozo invadiendo baúles, cajones y pollatas con detalles que portan la chispa que salía de aquellos ojinos alegres y esa carina redonda. Suelos de colores intensos para dar vida un piso aburrido y polvoriento. Loza de zinc, cazos chiquininos y botellas de casera Revoltosa. Objetos de cobre que adornaban el zaguán por donde la familia Sanz salía y entraba de la calle, una calle de Orellana la Vieja.

Pasillo arriba y pasillo abajo sacando brillo a baldosines de un gris sufrido,  flanqueados por una cenefa de baldosas con motivos amables que bajan hacia el patio, arropadas por otras que, escondidas bajo los muebles, suben hacia la calle. “A. S.” bordó alguien en la cortina de aquella puerta de inmenso postigo azul. Y el 3 indicando el destino a las misivas.

Bajando, a la derecha, la sala y la alcoba, separadas por un escalón y por colores que a una llenaron de alegría y a otra dieron sobriedad. Sería la alegría por causa de la ventana, la de aquella calle de Orellana, que daba luz a unos suelos de formas blancas y verdes y rojas y amarillas, sobre un fondo gris que cedía el protagonismo a colores vivos y curiosos que se asomaban por la ventana, la de aquella calle de Orellana. La seria sería la alcoba, con  fama de oscura y fría, ¿quién sabe qué secretos guardaría?

Salieron sin protestar: telas, velas, armarios, sillas, sillones, tresillos, butacas, mecedoras y, quizás, alguna descalzadora, tapizados en skay y estampado, dejaron  su domicilio entregados a un futuro mejor, como lo hicieron los otros inquilinos de aquellas bóvedas sostenidas por anchos muros de tierra y piedra.

El pozo de agua clara ya no precisa de la cuba de lata, el patio ya no tiene puerta, ni el doblao tiene tejao y las vecinas se fueron hace tiempo.

Gracias por aquella noche estrellada, la última que regalaste a tus huéspedes, y por la generosidad con la que te has desprendido de todo cuanto te quedaba.

Ojalá el tiempo te cubra pronto de encinas y de vida.

 

La puerta al solsticio de invierno

Cuando el chozo empezó a levantarse del suelo, hace ya más de tres años, eran días fríos en los que el sol se alzaba casi por el Risco Barbellío. Por aquel entonces nadie pensó en solsticios pero algo nos empujó a plantear la puerta mirando hacia ese amancer, hacia el solsticio de invierno. A medida que el chozo crecía, esta puerta, a pesar de ser amplia y robusta, ha sido un elemento discreto, a menudo olvidado. Sin embargo, nos tenía preparada una sorpresa muy especial.

Al despertar, tras la primera noche en la que el chozo acogió en su interior a personas tan especiales como Joni, La Churre, Judith, Roman y ¡Océane! junto con Coko, Thekla, Mati y Gato, la puerta se abrió para dar la bienvenida al sol en el final de su viaje anual hacia el Risco.

La puerta al solsticio de invierno. Esa es la puerta del chozo, la que da la bienvenida al sol en el día en el que la luz vence a la oscuridad, cuando las noches empiezan a ceder espacio a los días y cuando la esperanza renace con toda su fuerza. Ese día, el amanecer ilumina el chozo desde dentro, como una candela que se enciende al alba, convirtiendo la puerta en una ventana hacia un espectáculo que, año tras año, nos trae el mensaje de vida de nuestros ancenstros, aquellos cuya referencia era el cielo y que interpretaban los astros, los vientos, la luna y el sol para organizar sus vidas.

En los tres años que el chozo lleva creciendo, las fechas que rodean a los soslticios han recibido amigos con los que hemos compartido comilonas, risas y abrazos. ¡Este año no ha sido menos! Gracias Judith, Román y Océane por poner el chozo, una vez más, en vuestro camino, Churre, por esta visita y por tanto amor y a mi amor, por abrir la puerta al solsticio de invierno.

 

Louise & Anders & the cats

Libertad, frescura, inquietud, reflexión, calma, sonrisas, espontaneidad, comprensión, sorpresas, respeto, ayuda, voluntad. Son las palabras que se me vienen a la cabeza el día en el que Louise y Anders se han marchado del chozo.

Llegaron de forma casual. Justo el día en el que decidí hacer una pausa indefinida en la recepción de voluntarios en el chozo. Por algún motivo, justo ese día, ellos se ofrecieron a prestar su ayuda a cambio de un lugar donde aparcar su furgoneta mientras el frío otoño y el insufrible invierno van pasando por Suecia, su país de origen.

Llevan ya muchas experiencias vividas. Viajes por medio mundo de los que se han nutrido para, según decían, “ayudar a las personas que conocen a alcanzar sus sueños”. Qué hermoso cometido en la vida, aunque sólo sea durante un tiempo.

Al chozo han traido su creatividad, hermosos mensajes de conexión con la vida, detalles que hacen aún más especial cada “rincón” de este círculo de piedra que han invadido con sus ganas de vivir y sus disparatadas ideas.

Los gatos los echarán de menos, creo que los árboles también.