Muletas para la dehesa

Ahora que el calor ya lo ha secado todo, justo cuando la montanera empieza asomar la cabeza, ahora que se cargan de peso las encinas y los alcornoques, justo ahora es cuando habría que llenar las dehesas de muletas. Ahora es cuando empieza el espectáculo del decaimiento del arbolado. Enormes ramas obligadas a crecer de forma horizontal, se romperán en las próximas semanas a poco que haga un poco de aire o venga una tormenta, para alegría de los que esperan hacer leña del árbol caído, y para desesperación de quienes vemos desaparecer árboles centenarios, símbolos de un paisaje maltratado. Justo ahora, que es cuando se empieza a rogar al cielo para que las aguas de septiembre no se demoren, ahora es cuando podemos imaginarnos nuestros pueblos rodeados de un ancho desierto, con arroyos secos, ancianas encinas agonizando y ganaderos diciendo que hay que seguir “limpiando las fincas y los árboles, que así es como se ha hecho toda la vida, ¡cago en …!”.

Las encinas se quedan mancas, cojas y tuertas”, así lo decía en su blog ciudad-dormida V. Manuel Pizarro hace ya un tiempo cuando aseguraba que “la dehesa se muere”. Las encinas no crecen de forma horizontal, así es como las obligan a crecer gestores y  cortadores por motivos más que discutibles. Lo que no se puede discutir es que esta práctica, prolongada en el tiempo, provoca la fractura de los ramales más grandes de estos árboles centenarios, abriendo heridas de muerte en un tronco debilitado por las epidemias de insectos y la sequía, asegurando su muerte en el corto o medio plazo. Unos lo llaman seca, otros cambio climático, sea lo que sea, lejos de combatirlo, lo estamos agravando.

En la dehesa se está produciendo una desestructuración total de la biodiversidad”, así lo aseguraba hace unos meses el presidente del Foro Encinal, J. L. García-Palacios, una de las entidades más comprometidas con las amenazas de este ecosistema que presenta una nula regeneración en más del 70 % de los más de 4 millones de hectáreas que ocupa en el suroeste de la península ibérica. Esto, sumado a la desaparción de gran cantidad de especies de aves, pequeños mamíferos, insectos y depredadores.

No hay que ser muy inteligente para entender que si durante 50 años no nacen árboles, si el suelo se compacta con el pisoteo del ganado, sobre todo de las vacas, si los veranos se estiran hasta noviembre y los gestores siguen diciendo, convencidos, que esto se ha hecho así toda la vida, el futuro de la dehesa no puede ser otro más que el desierto. Y ahí si que no habrá problemas de incendios, queridos expertos, cuando no quede nada que pueda arder, podremos seguir limpiando bosques de pinares y matorral mediante innovadoras y participativas técnicas de manejo del ganado, pero de la olvidada dehesa quedará poco, muy poco.

La lucha contra incendios provocados es muy difícil. Con esto no digo que el proyecto Mosaico y todas las acciones de prevención de incendios, sobre todo aquellas que impliquen a la población del territorio, no sean necesarias. Pero también hacen falta profesionales capaces de liderar proyectos como Mosaico Extremadura relacionados con la regeneración y la protección de la dehesa, respaldados con fondos públicos y poniendo a los recursos naturales por encima de intereses particulares. Para eso hacen falta políticas públicas comprometidas de verdad con la dehesa.

La dehesa se muere. No es hablar por hablar. En los planes de gestión de grandes fincas no se incluye el futuro como variable, ni siquiera en las fincas comunales. Solo se habla de rentabilidad a corto y medio plazo, de certificación voluntaria de productos, con mecanismos más que cuestionables y de formas de intensificación de la actividad. La biodiversidad no está entre las preocupaciones de los que toman decisiones. Las políticas de densificación y reforestación son manifiestamente ineficaces e insuficientes. Meras transferencias de fondos públicos a empresas privadas que llenan las dehesas de chatarra mientras la mayoría de los árboles no sobrevive ni un año. Y ahí queda después la chatarra

Esto es una vergüenza. El gobierno se justifica con una estrategia “sostenible” para Extremadura 2030, con una estupenda web y todo el rollo del Emprendimiento Verde, la participación de la ciudadanía y reuniones en castilllos, todo ello sin asumir que son las políticas medioambientales de las últimas décadas las que han llevado a la dehesa a esta situación límite. Mucha palabrería ante un problema que requiere acciones concretas y urgentes. Fondos que permitan a los gestores retirar el ganado de cercas arrasadas, en las que la hierba ya casi se ha sustituido por musgo.

La dehesa es un sistema de explotación muy poco rentable, de este modo, quienes la gestionan no pueden pensar en medidas que reduzcan sus escasos beneficios. Las medidas han de estar financiadas con partidas presupuestarias a la altura, normas contundentes, de obligado cumplimiento y seguimiento, sobre todo para las dehesas boyales. Esto es una vergüenza. Montes públicos sin ningún tipo de control sobre la carga ganadera, las podas o el uso del agua. Es de vergüenza que se subvencionen prácticas que están acelerando el deterioro de este paisaje símbolo de nuestra cultura y parte de quienes somos.

La Ley de la Dehesa de Extremadura llegará muy tarde, si llega, sobre todo porque el objeto de las medidas puede que ya haya desaparecido, si no en su totalidad, sí lo suficiente como para que el daño sea irreparable. Y no es un problema de Extremadura, quien dice Extremadura dice todo el contorno de nuestra comunidad, por lo que no hablamos de una norma regional sino de un problema internacional que afecta a Portugal, Andalucía, Castilla La Mancha y Castilla y León. La dehesa es un ecosistema único en el mundo, por su idiosincrasia y por servir de base para un modo de vida desvirtuado y puesto al servicio del poderoso caballero.

La dehesa necesita muletas porque, con la situación actual, no puede seguir avanzando sola. Se trata de un ecosistema que sólo tiene sentido con la interacción del ser humano, pero esta interacción ha de entender que estamos ante un conjunto de factores que se complementan, todos necesarios, arbolado, matorral, pastos, agua, sol, suelos, ganado, fauna silvestre y personas. Los expertos en gestión integral de la dehesa hablan de soluciones que ya se han puesto en marcha para frenar el avance del desierto en otros continentes como Australia o África: el manejo holístico, que, de forma resumida, no es más que imitar las prácticas trashumantes de la naturaleza, observando los ciclos y la composición de los pastos y reservando espacios durante largos periodos de tiempo para permitir la regeneración natural del arbolado. Esto requiere de un esfuerzo extra en la actividad agroganadera, asumiendo que la dehesa es un sistema agrosilvopastoral (agrícola, ganadero y forestal) muy complejo y que, más allá del aprovechamiento de corcho, madera, hierbas, pastos y bellotas, la dehesa requiere que tanto propietarios y gestores como instituciones públicas se paren a pensar detenidamente en su futuro, respetando su ritmo y favoreciendo la protección y la recuperación de todos los elementos que la conforman, sólo así podremos seguir caminando juntos.

 

 

Ver presentación completa sobre LOS RETOS DE LA DEHESA, Pecha Kucha en Lafábrika Detodalavida. Noviembre 2016.

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