Salón comedor provisional

Todo es provisional

Hasta que llueva, y lleva ya unos meses sin llover, se puede tener el salón-comedor a la sombra de la encina. Que quien a buen árbol se arriba, buena sombra le cobija. ¡Menudo lujo! Eso sí, provisional.

Mientras disfruto de este peculiar espacio, mi cabeza viaja por las calles del pueblo buscando un hogar en el que colocar pilistras, sardinas, manolas, aureolas, ficus y compañía. La provisionalidad del escenario lo hace aún más atractivo. Busco un hogar provisional. Me gustan los cambios ¡Todo el día moviendo macetas! De corral en corral. De portón en portón. Buscando bóvedas, alacranes, pesebres y atrojes. Llamando a los herederos de aquellos que un día contruyeron nuestro pueblo. Con tierra, cal piedras y mucho, mucho esfuerzo.

En cuanto entro en la casa me voy derecho al topetón. Todas tapiadas, chimeneas cercenadas porque “entraba mucha mierda” ¡El coño vuestro! ¡Qué poquitas quedan ya en las que se puede hacer una buena candela! ¡Y cuánto puto terrazo! Con las lanchas que debía haber visto.

¡Quién le iba a decir a aquellos albañiles que estas casas eran provisionales!

Provisionales han sido los pajares y las cuadras, los poyos y los pozos, provisionales los doblaos y el paso de la sala a la alcoba. ¡Una buena obra que dure toda la vida! ¡Menudos destrozos! ¡Qué pérdida tan grande la de esa historia que se va en cada una de esas casas! Si con los jóvenes se nos va el futuro, con nuestro patrimonio se esfuma nuestro pasado.

Sin embargo es esa provisionalidad la que hace todo mucho más especial. Disfrutarlo sabiendo que será por poco tiempo. Observarlo como algo a punto de desaparecer para siempre. Como la vida misma.

¡Cómo me gusta este salón-comedor provisional!

* Y bueno, lo de las casas, a pesar de la tragedia, quedan algunas espectaculares. Si conoces alguna en Salvaleón que pueda visitarse para rememorar viejos tiempos, te agradecería más información.

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Homenaje a San Pedro

Tras un largo viaje llegamos a la cala de San Pedro. Un lugar mágico, de piedras blancas, (y rojas y amarillas), aguas cristalinas, armonía y distensión en el corazón del Cabo de Gata. Una vez de vuelta, inspirados por la experiencia y casi sin hablar, Jon y yo empezamos a poner una piedra sobre otra, buscando el equilibrio, jugando con la gravedad, sintiendo unas piedras que casi quemaban. Una tú y otra yo. Tras la que entendimos como la última, decidimos crear un espacio de seguridad para este hito. Este homenaje se ha convertido en un compañero muy inspirador, un elemento de reflexión sobre el equilibrio, la in/ter/dependencia, la cooperación, la confianza… en fin, ahí sigue dos semanas después, desde el 18 de agosto de 2016. A mi me tiene enamorado.